Confitería El Vasco

El oficio artesano como legado y como futuro

Sobre la compañía

Confitería El Vasco nace en los años 50 en Trubia de la mano de Pepe y Lelita, con una idea muy clara: que el sabor de siempre solo se logra respetando el oficio y sus tiempos. Un caso de éxito que demuestra cómo la constancia, el cuidado del equipo y una evolución fiel al origen pueden sostener un negocio familiar durante más de setenta años.

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Solución

Conversación con Gabriel Garcia, copropietario de Confitería El Vasco

Confitería El Vasco es mucho más que una confitería: es la historia de una familia y de tres generaciones, abuela, hijo y nieto, vinculadas a un mismo proyecto. ¿Cómo comenzó esta historia?

G.G.: Nuestra historia surge con la historia de amor de mis abuelos, Pepe y Lelita. Cada uno tenía su oficio, ajeno a la pastelería, pero al casarse en los años 50 decidieron coger las riendas de la pastelería de un familiar de mi abuelo, que es la que hoy es Confitería El Vasco. Aprendieron poco a poco, a base de esfuerzo y sacrificio, y al principio solo tenían un pequeño expositor para la venta. Estuvieron trabajando a destajo más de treinta años y se labraron una gran reputación como profesionales y, sobre todo, como personas. En los 80 cogieron el relevo mis padres, José Manuel y Begoña, que afrontaron una reforma integral del obrador y de la cafetería para adaptar el negocio a los tiempos: mi padre en el obrador durante jornadas interminables y mi madre, con su trato exquisito, como cara visible. Yo me incorporé en 2013, después de terminar Trabajo Social y con motivo de la jubilación anticipada de mi padre. Durante dos años trabajé con él y conocí los secretos que había aprendido de mi abuelo; de mi madre aprendí la complejidad de gestionar las relaciones con los clientes y la dificultad de administrar un negocio pequeño. Soy la cuarta generación, y sigo contando con el apoyo de mi madre en la tienda.

Estáis ubicados en Trubia, una pequeña localidad asturiana, pero Confitería El Vasco ha conseguido hacerse un nombre mucho más allá de su entorno. ¿Cuál creéis que ha sido la clave y qué significa para vosotros haberos convertido en un negocio tan reconocido?

G.G.: El éxito de nuestro negocio es el trabajo y el cariño. Cada uno de nosotros, en las diferentes etapas, hemos entendido que el negocio es nuestra forma de vida, y que, si no lo cuidas y si no te esfuerzas día a día, todo lo logrado habrá sido en balde. Y nuestro trabajo ha sido transmitir a nuestros clientes ese esfuerzo que hacemos para que, cuando vengan a visitarnos, se vayan con una sonrisa. Todo el que tenga un negocio de hostelería y esté al pie del cañón sabrá lo difícil que es renunciar a tiempo libre, a vacaciones, a fiestas… Pero luego, al mirar atrás y ver lo que se ha logrado, sabes que ha merecido la pena.

Mantener la esencia de un negocio familiar y, al mismo tiempo, seguir creciendo e innovando no siempre es sencillo. ¿Cómo conseguís equilibrar tradición e innovación y qué ha aportado cada generación a la evolución del negocio?

G.G.: Mis abuelos fueron los grandes innovadores del negocio, al ponerlo en marcha de una forma profesional, incorporando maquinaria poco a poco, la cual permitía mejorar la calidad y cantidad de la producción. Un ejemplo de esto es la laminadora que a día de hoy sigue funcionando y siendo pilar esencial de nuestras elaboraciones, y fue adquirida por mis abuelos en los años 50 en la feria de muestras de Gijón (dudaban si comprar un SEAT 600 o la laminadora) y tomaron la mejor decisión posible. Mi padre, cuando cogió las riendas del negocio, y tras su formación en el gremio de confiteros de Asturias, fue incorporando la pastelería fría a nuestras vitrinas y mejorando la estética de las instalaciones. Digamos que mi padre dio el salto de calidad que mis abuelos por edad no podían dar, y supo hacerlo con mucha coherencia y siguiendo la línea artesana que el negocio exigía, siempre desde el respeto y el amor por lo tradicional. Y en esta etapa que me ha tocado a mí, digamos que lo difícil ya lo han hecho mis padres y mis abuelos, nos centramos en mantener los estándares de calidad, innovando en nuestras elaboraciones según las tendencias de los tiempos que corren y, sobre todo, dando un trato cercano y familiar a los clientes, de lo cual se encargan mi madre Begoña y mis compañeras Andrea, Raquel y Susana. Ya que ellas realmente son el punto fuerte de nuestro negocio. Siempre digo lo mismo: lo más importante de un negocio son los trabajadores; si ellos están cómodos, se sienten valorados y vienen a trabajar con ganas, los clientes siempre estarán en las mejores manos y eso es esencial para un negocio.

Ahora os encontráis en una nueva etapa, con ganas de seguir creciendo y de dar mayor visibilidad al negocio. ¿Qué os impulsa a seguir evolucionando después de tantos años y qué oportunidades veis actualmente para Confitería El Vasco?

G.G.: Ahora mismo buscamos transmitir cómo trabajamos, que en nuestro obrador las elaboraciones requieren un proceso, unos tiempos y un trabajo. A principios de 2026 mi mujer Jennifer se incorporó conmigo al obrador y hemos dado un salto de calidad en las elaboraciones y en la variedad de producto. Por eso hemos contactado con un equipo de marketing digital para que nos gestione las redes sociales y venga a grabar al obrador. Buscamos que la gente no pruebe solo lo comercial de las grandes cadenas, que vuelva un poco a lo de antes: pequeños momentos y grandes sabores. Hoy se va a los sitios porque son tendencia, pero muchos de esos sitios se explotan durante periodos cortos hasta que dejan de ser rentables. Nosotros tenemos una historia que nos avala y no buscamos un «boom» puntual: queremos ser ese sitio al que vienes como quien va a casa de su abuela, a disfrutar de la comida y a sentirte como en casa, olvidándote del ajetreo del día a día por unos instantes.

Desafío, reto y solución

La contratación en el sector de la hostelería es compleja, y Confitería El Vasco no es una excepción. En un negocio con más de setenta años de historia, el reto no es solo mantener la calidad del producto: es sostener la estructura que lo hace posible afrontando la complejidad de las nuevas leyes y la tan temida burocracia.

La sucesión de cambios normativos convierte cualquier decisión sobre plantilla —una incorporación, un refuerzo puntual, una modificación de jornada— en una cuestión que exige criterio y seguridad. Para un negocio familiar, ese esfuerzo de gestión compite directamente con el tiempo que hay que dedicar al obrador y al mostrador.

En un sector marcado por la rotación de personal, un negocio puede tener el mejor producto del mundo, pero si el servicio es lento la experiencia que se lleva el cliente queda arruinada. Invertir en personal es, por tanto, una inversión directa en la experiencia de cliente.

Talenom es una garantía de calidad para afrontar la complejidad de las nuevas leyes y la tan temida burocracia.

Experiencia en Talenom

En vuestro caso, Talenom os acompaña desde hace más de 20 años. ¿Cómo comenzó esta relación y qué ha hecho que mantengáis vuestra confianza en el equipo durante todo este tiempo?

G.G.: Mis abuelos ya contaban con la asesoría de una empresa que había en Lugones, que luego fue absorbida, y ahora seguimos con vosotros en Talenom. Durante todos estos años, y a pesar de los cambios de gestión, siempre hemos tenido facilidades y un trato muy cercano con nuestros asesores, y para nosotros eso es básico.

A lo largo de una relación tan larga habréis vivido juntos distintas etapas y desafíos. ¿Recordáis algún reto concreto en el que el acompañamiento de Talenom haya sido especialmente importante? ¿Cuál era la situación y cómo os ayudó el equipo a resolverla?

G.G.: Hemos pasado por inspecciones de Hacienda, conflictos con empleados de baja, despidos… y siempre hemos tenido toda la información necesaria para saber cómo gestionar cada caso. Personalmente me tocó una inspección de trabajo que terminó con una sanción de casi 6.000 € con la que no estábamos de acuerdo. Inés, mi asesora en ese momento, se encargó de todo: después de varias reuniones sin llegar a un entendimiento, llevamos el caso a juicio de la mano del equipo jurídico y la sanción quedó anulada. Por el buen hacer de Ángel, del equipo jurídico, y de Inés, del equipo laboral, salimos victoriosos. Sin la gestión de todo el equipo habría sido una situación caótica para una empresa de nuestro tamaño.

Ante cualquier duda, nuestra asesora nos da la información y las herramientas para decidir bien.

Después de más de dos décadas de camino compartido, ¿cómo imagináis la próxima etapa de Confitería El Vasco y qué papel esperáis que siga teniendo Talenom en ese futuro?

G.G.: La próxima etapa pasa por seguir dando visibilidad a lo que hacemos y por mantener los estándares que hemos heredado, y para eso necesitamos tener la parte de gestión bien resuelta. Seguiremos contando con vuestros servicios porque nos aportáis tranquilidad y habéis demostrado profesionalidad y garantías en situaciones de conflicto. En un negocio como el nuestro, saber que ante cualquier problema hay alguien que sabe cómo resolverlo vale muchísimo.

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